Me caigo y me levanto
A finales del mes pasado recibí una carta de una mujer detenida, quien pedía mi ayuda para tener noticias de sus hijos. Normalmente, éstos llaman todas las semanas a su visitadora, para darle noticias a su mamá. Pero desde hace un mes no se comunican con ella, y por eso me envió en su carta los teléfonos de la casa y del celular.
Llamé sin cesar a ambos números, y pensé que no iba a lograr la comunicación desde aquí, por lo que utilicé la ayuda de familiares y amigos, en Caracas. Sin embargo, llegamos a la conclusión de que los números están fuera de servicio.
En el caso de la privación de libertad tanto de hombres, como de mujeres, en el exterior, o en el país de origen, la mujer siempre se encuentra en una situación de gran desventaja. Si son ellas las detenidas, por lo general sus hijos quedan desprotegidos, como en el caso que acabo de relatar. Pero si son los hombres quienes caen en prisión, la mujer queda desamparada al frente de su familia. Y en una gran cantidad de casos, embarazada.
En uno de mis múltiples periplos estériles por las oficinas de innumerables instituciones gubernamentales, insistiendo en la prédica surrealista por los derechos de las personas privadas de libertad en el exterior, hablé con un alto funcionario sobre mi preocupación por esta doble situación de debilidad de las mujeres. Como respuesta, obtuve la siguiente frase:
“Es que ustedes, las mujeres, siempre se las ingenian para salir ganando en todo”.
Siguió una explicación cuyos detalles quedaron opacados ante semejante dictamen. Lo dijo con el absoluto convencimiento de que yo invertía la realidad en mi discurso, para favorecer la causa de la mujer, en detrimento del hombre.
Mientras escribo y recuerdo esta historia, la respuesta del alto funcionario me provoca una risa incontenible. Paradójicamente, derramé una buena cantidad de lágrimas el día en que tuve el dudoso honor de escucharla. El alto cargo del emisor de la frase me sentenciaba a un futuro cuyo dolor conocía: el de continuar recibiendo cartas de madres desesperadas, buscando a su familia.
Yo Me caigo y me levanto, como el cuento de Cortázar. Por eso escribí una carta a la Defensora de la Mujer, del Instituto Nacional de la Mujer, en Venezuela, con el fin de ponerla al tanto de la situación de una madre de familia, cuyos hijos se encuentran solos y también aislados. Uno de ellos es menor de edad, y recibe medicación permanente por problemas psiquiátricos.
Seguiré contando mi historia, en cuanto tenga noticias de los hijos y de la madre. O de alguna institución, que no me deje caer.



