El libro preso.
Libertad para el libro
Imagínese usted que por una vuelta de la vida, cae en la prisión de un país lejano, y que se encuentra de la noche a la mañana en una cárcel en la que todos hablan un idioma diferente al suyo, el cual usted no comprende.
Lo mínimo que usted necesitará para sobrevivir, es un diccionario bilingüe, pero en la biblioteca de la prisión no habrá ninguno. Alguien del exterior debería enviarle ese diccionario. Pero sucede que la tenencia de libros propios, en esa prisión, está prohibida.
No se equivoque pensando que esta historia ocurre en un país de África, o en la Europa del Este… ubique esta fantasía un poco más cerca, en su mente: en la ciudad de París, para ser más exactos.
Hace pocas semanas escribí una carta a la directora de una prisión de la región parisina, para enviar un diccionario español-francés a una persona privada de libertad, que me lo había solicitado. Afortunadamente esa prisión, en particular, acepta que los detenidos tengan libros propios, los cuales deben ser depositados directamente en la puerta de la cárcel. El problema es que la prisión está ubicada a una hora de transporte de París, y el costo del pasaje de ida y vuelta, supera al del diccionario mismo…
Otra prisión, la Maison d’Arrêt de la Seine-Saint-Denis, en Villepinte, no acepta que las personas tengan libros propios. En el año 2004 la mayoría de los detenidos latinoamericanos se encontraban en esa cárcel, por su cercanía con el aeropuerto Charles de Gaulle.
Sin embargo, para la época, tanto la dirección como el Servicio Penitenciario de Inserción de Villepinte, habían tomado en cuenta las dificultades de comunicación de los detenidos de habla hispana. Con el fin de aportar una solución, adquirieron diccionarios bilingües, los cuales distribuyeron entre estas personas detenidas.
Pero actualmente, los detenidos extranjeros en Francia son distribuidos en las diferentes prisiones, según su apellido, y por orden alfabético. Desafortunadamente, la redistribución de las personas privadas de libertad en otras prisiones, no llevó consigo el desplazamiento de las acciones emprendidas en Villepinte, por lo que ya no existen diccionarios a la mano. Y para poder enviar uno, se debe justificar por escrito la solicitud, y esperar una autorización, igualmente por escrito.
Esta situación trae como resultado un agudizamiento de los problemas de comunicación, de las personas no francófonas privadas de libertad, y dificulta todo trabajo educativo en Francia, o de reinserción social, en sus países de origen.
Sin lugar a dudas, hoy en día la situación de las personas privadas de libertad en las prisiones francesas, es mitad orwelliana, y mitad bradburyana: como en 1984 de Orwell, tienen acceso a la televisión por cable 24 horas al día. Y no menos insólito que ese futuro extraño en el que los bomberos incendian libros, tal y como Bradbury concibió su Fahrenheit 451, aquí es necesario obtener la autorización del director de una cárcel para enviar un libro.
Resumiendo: el libro es el que está preso.



